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	<title>relato josefina montero &#8211; Arte Gráfico, Ilustración y Diseño</title>
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	<title>relato josefina montero &#8211; Arte Gráfico, Ilustración y Diseño</title>
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		<title>Polvo de Espejo : II parte</title>
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		<pubDate>Thu, 22 Feb 2024 11:24:24 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Por Josefinailu Retiró con sus manos la maleza que había crecido. Esto le hizo pensar en Bruno, el jardinero que meses atrás dejó de cuidarle &#8230; ]]></description>
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<h2 class="wp-block-heading"><strong>Por Josefinailu</strong></h2>



<div style="height:20px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p>Retiró con sus manos la maleza que había crecido. Esto le hizo pensar en Bruno, el jardinero que meses atrás dejó de cuidarle el jardín. Un hombre callado, tranquilo y de rostro tostado por las tantas horas de jornada bajo el sol, junto a sus plantas y flores. Bruno había sufrido un infarto mientras dormía. Ismael, cuando se enteró de la noticia, no pudo evitar pensar en que, al menos, tuvo una muerte dulce y tranquila, acorde a la vida que había llevado el bueno de Bruno.</p>



<p>Después de algunos arañazos en sus manos y de que retirara todas las malas hierbas que pudieran estorbarle la visión, se quedó estupefacto con lo que encontró. ¿Qué hacía un espejo en su jardín?</p>



<p>El reflejo de su cara en él no era normal. Se veía algo distorsionado y opaco. A saber, cuánto tiempo llevaba aquel objeto enterrado. Lógicamente se habría deformado y por supuesto, su lustro no era el mismo. Cuánto más lo observaba, más atraído se sentía por su propio reflejo. Acercó su mano a su cara, despacio. Justo en el momento de tocar su mejilla deslucida, su reflejo se fue disolviendo frente él. Una brisa soplaba dentro del espejo, llevándose las partículas de su rostro y parte de su cuerpo, convirtiéndolos en la nada. Ismael, miraba a su alrededor para comprobar que, lo que pasaba fuera no tenía nada que ver con lo reflejado. Y, en ese mismo instante, algo le llamó la atención en las vidrieras de su despacho. Una sombra.</p>



<p>Dejó el espejo dónde lo había encontrado, tirado ahora sobre todos los hierbajos retirados hacía tan solo unos minutos.</p>



<p>Se dirigió hacia su casa, tenía que comprobar qué era esa sombra extraña que se translucía a través de la vidriera colorista. ¿Había entrado alguien en su despacho mientras él estaba en el jardín? Notó como el pulso se le aceleraba y una sensación de angustia y confusión se iba apoderando de él, transformando todos sus gestos, antes relajados y lentos en movimientos rígidos y convulsos a medida que avanzaba todo lo rápido que le permitía su edad.</p>



<p>Cuando llegó justo a la altura de la vidriera, se subió en un muro que había servido durante años de asiento para algunas tardes de lectura y conversaciones amenas y algo transcendentales con Bruno. Intentaba no pensar en ellas, pero las echaba de menos.</p>



<p>Acercó sus manos y cara a los cristales de colores para poder ver en el interior.</p>



<p>Él, allí dormido, en el cómodo asiento que tantas horas había pasado estudiando planos, calculando alturas y anchuras, escribiendo cartas a gente importante, incluso… mirando la fotografía de Miriam, la mujer que durante tantísimos años había amado en secreto. ¿Dónde estaría ahora ella? Pero, ¿Dormido?</p>



<p>Ismael, en un impulso irracional dejó de mirar dentro y volvió al espejo. A pesar de tenerlo frente a él, sujetándolo fuerte y sintiendo el frío y la humedad del marco en sus manos, no podía ver nada más que el reflejo de un jardín vacío. A lo lejos, algo. Alargó su mano y ésta se coló en ese paisaje reflejado. Decidió meter entonces una pierna y después otra. Estaba dentro. Comenzó a caminar hacia aquello que veía a lo lejos. Alguien, una silueta que se iba acercando lentamente, muy despacio. Pero que, mientras más cerca la tenía, más borrosa la veía, lo contrario a lo que sería normal.</p>



<p>¡Bruno! Y en un momento, la felicidad que no sentía desde hacía muchos años, volvió a él plena, viva, luminosa.</p>
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		<title>Polvo de Espejo</title>
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		<dc:creator><![CDATA[josefina]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 02 Feb 2024 08:56:45 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Por Josefinailu Se acercaban las ocho de la tarde. Ismael se levantó de la silla para dirigirse a la vidriera situada justo detrás de su &#8230; ]]></description>
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<h2 class="wp-block-heading">Por Josefinailu</h2>



<p>Se acercaban las ocho de la tarde. Ismael se levantó de la silla para dirigirse a la vidriera situada justo detrás de su escritorio. Los colores anaranjados de un sol que anunciaba su retirada se escurrían a través de los dibujos <em>art decó</em> de aquella preciosidad que adquirió en Portugal, muchísimos años atrás, cuando la juventud y el ánimo aún hervía por sus venas. Cada vez que miraba a través de los brillantes colores de vidrio, se acordaba de la entrada a aquel taller mugriento, en un callejón dónde lo último que pensaba, era encontrar al mejor artesano de vidrieras emplomadas que jamás hubiera imaginado. Para ser sincero consigo mismo, en aquel entonces no tenía tanta experiencia en su recién estrenada profesión para poder alardear de conocer a todos los artesanos importantes de Europa. Pero a partir de entonces, cada vez que diseñaba un edificio, intentaba encajar una de esas vidrieras justo en el lugar por el que llega el ocaso. Y así, el casi desconocido artesano portugués, pasó a ser uno de los más importantes artesanos en su oficio. Y de la misma manera, se reconocían las obras arquitectónicas de Ismael por el sello inconfundible de las vidrieras, transformándolas casi en una firma propia.</p>



<p>Él era así; ya desde su época de estudiante de arquitectura, tenía el don de brillar allí dónde iba. No solo por su gran visión conjugando formas, estructuras y planos con su entorno sino también por su atractivo. Y de esta manera, todo lo que recomendaba, a todo aquel que se acercara o a quién quisiera regalar su tiempo y atención, súbitamente subía su popularidad de una u otra manera. Así que, Don Caetano Oliveira tuvo que dejar su pequeño taller oscuro y húmedo, para trabajar su arte en lugar luminoso y amplio, en el que no faltaban expositores para mostrar su artesanía colorista de luz, además de todo tipo de herramientas y mesas de trabajo.</p>



<p>Ismael había triunfado en la vida. Intentaba repasar cada etapa de sus setenta y dos años y no podía encontrar absolutamente nada por lo que pudiera avergonzarse o ni tan siquiera angustiarse. No tenía ni un solo recuerdo amargo, exceptuando eso sí, la muerte de sus padres, los cuales fueron con él cariñosos y amables incluso cuando se le antojaba hacer alguna travesurilla propia de la edad. Y a pesar de no encontrar nada por lo que lamentarse, tampoco encontraba lo que se suponía que debía sentir. La felicidad.</p>



<p>Ismael se acercó al perchero junto a la puerta. Cogió su chaqueta de lana marrón moca, las tardes empezaban a refrescar a aquellas alturas de octubre, y salió por la puerta, cerrándola con llave, una costumbre que tenía desde siempre pues en su despacho guardaba documentos y planos muy importantes.</p>



<p>Caminó hasta el jardín tranquilamente. Nadie le esperaba para cenar, ni para mantener una conversación amena sobre las construcciones vanguardistas del siglo XXI. Tampoco le esperaban en el café dónde muchos años atrás solía verse con sus colegas para discutir sobre materiales o plantas y alzados de sus respectivos diseños.</p>



<p>Caminó tranquilo. Y cuando se giró, para volver por los pasos que había dado, vio en un recoveco del jardín, justo en el lugar en el que siempre se formaba un pequeño charco los días de más lluvia, un brillo fuera de lo normal.</p>



<p>&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp;&nbsp; <em>Continuará…</em></p>


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		<title>LAS SIRENAS DE ANTÍA </title>
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		<dc:creator><![CDATA[josefina]]></dc:creator>
		<pubDate>Wed, 27 Apr 2022 14:11:40 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Por Josefinailu —&#160;¡Buenos días Manuela! — Saludó Antía a la que era su vecina desde&#160;hacía&#160;más de cuarenta años ya, mientras se sentaba en su duna &#8230; ]]></description>
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<h2 class="wp-block-heading">Por Josefinailu</h2>



<p>—&nbsp;¡Buenos días Manuela! — Saludó Antía a la que era su vecina desde&nbsp;hacía&nbsp;más de cuarenta años ya, mientras se sentaba en su duna predilecta para contemplar el mar de plata que se dibujaba esa mañana.</p>



<p>Pero Manuela, sin dar muestra de haber oído el saludo, seguía caminando por la playa.&nbsp;Parecía que estaba recogiendo pequeñas conchas y piedras, pues&nbsp;cada cuatro o cinco pasos,&nbsp;se detenía y se agachaba para después retomar su&nbsp;rumbo.&nbsp;Incluso,&nbsp;se le antojó&nbsp;que la expresión de su rostro&nbsp;parecía&nbsp;taciturna.</p>



<p>— Me acercaré después a verla, no vaya a ser que su Paulo haya perdido la brújula con los asuntillos de la lonja. — Pensó en voz alta Antía, cosa que solía hacer a menudo cuando estaba sola en su duna. Oír su propia voz le ayudaba a afianzar mejor las ideas.</p>



<p>Antía&nbsp;tenía un singular aprecio hacia Manuela, a pesar de que ésta no era una mujer demasiado cariñosa ni habladora. Pero eso sí, de alguna forma u otra,&nbsp;Manuela&nbsp;le demostraba&nbsp;con pequeños gestos cotidianos un amor fraternal nacido&nbsp;tal vez,&nbsp;por la infinidad de&nbsp;noches en vela a causa de las tormentas, juntas, esperando a que Paulo y&nbsp;su&nbsp;Xavier volvieran&nbsp;a puerto. Las dos eran mujeres de pescadores y la mar ya se sabe…&nbsp;</p>



<p>Volvió a mirar al horizonte. Hoy sería un día tranquilo para los&nbsp;que faenaban. Hacía mucho tiempo que Antía no veía un mar tan calmo, como si de un espejo se tratara. Pero la sutil brisa parecía diferente, extraña. Semejante a un velo envolviendo su figura. Hasta podía intuir una frágil atmósfera,&nbsp;dando un aspecto albayaldado&nbsp;al paisaje.</p>



<p>Antía conocía esa playa como la palma de su mano. Cada recodo, cada matorral crecido en las dunas y el sinuoso perfil del puerto en la lejanía,&nbsp;eran para ella un mapa dibujado en su mente en forma de tatuaje. Su playa. A pesar de ser mujer nacida en el interior de una tierra verde, ella sentía algo especial&nbsp;en&nbsp;ese lugar.&nbsp;Desde el primer día que pisó la arena de su pequeña playa se sintió en casa.&nbsp;</p>



<p>De repente,&nbsp;el repique en lloro de las campanas&nbsp;de&nbsp;la Iglesia,&nbsp;sonaban a lo lejos, dándole al lugar un ambiente melancólico.</p>



<p>—&nbsp;Vaya por Dios, con lo tranquilo que se veía venir el día.&nbsp;—&nbsp;Volvió a pensar en voz alta Antía.&nbsp;&nbsp;</p>



<p>Se disponía a levantarse para dar por concluido su ratito de paz,&nbsp;cuando al alzar la&nbsp;cabeza,&nbsp;mientras se sacudía de su falda los restos de arena y ramillas pegadas&nbsp;a ella,&nbsp;pudo ver varias siluetas dentro del agua que le hacían gestos con la mano. No distinguía bien sus caras, otra vez tendría que ir a que le revisaran la vista pues últimamente le costaba enfocar en las distancias.&nbsp;Lo dejaría para mañana, hoy no le apetecía enfrascarse en asuntos médicos, después de haber estado liada con ellos durante meses por aquellos terribles dolores de cabeza que le empezaron de repente y sin ningún motivo aparente.&nbsp;</p>



<p>Decidió acercarse para cerciorarse de que era a ella a quién le hacían los gestos y para su sorpresa pudo comprobar que sí, la llamaban a ella.&nbsp;</p>



<p>«¿De dónde han salido esos bañistas? Antes no me pareció ver a nadie en el agua.»&nbsp;Pensó,&nbsp;esta vez para sus adentros mientras se iba acercando a la orilla.</p>



<p>Sus pies descalzos&nbsp;se mojaban&nbsp;con el romper de las olas, produciéndole un cosquilleo relajante en ellos. Pero Antía esta vez no prestaba atención a sus pies, ni a su falda empapada hasta la mitad ya. Avanzaba de una forma autómata y confiada hacia aquellas dos personas que&nbsp;ahora no se lo parecían tanto.&nbsp;</p>



<p>Los rostros eran bellos, aunque no sabía decir si eran de mujer o de hombre. Sus ojos&nbsp;eran&nbsp;almendrados y de un color&nbsp;verde absenta; sus torsos brillaban, pero no por el reflejo de la humedad de&nbsp;la&nbsp;piel. Era más bien un brillo que surgía de&nbsp;adentro, como si de puro nácar se tratase.&nbsp;Antía bajó la mirada y pudo ver al fin quienes eran.&nbsp;</p>



<p>«¿Es posible? — Volvió a pensar sin decir nada.»</p>



<p>Pero para su sorpresa,&nbsp;en su mente pudo oír una dulce voz que le decía que sí, eran Sirenas.&nbsp;</p>



<p>No hubo palabras, solo pensamientos envueltos en luces y colores&nbsp;perlados&nbsp;que se colaban en su mente sin que ella pudiera saber cómo.&nbsp;Realmente una sinfonía de ideas.&nbsp;Todo el conocimiento transmitido a través de bellísimas formas brillantes.&nbsp;</p>



<p>Antía supo así del porqué de la tristeza de Manuela, de las conchas y piedras recogidas para depositar recuerdos en forma de mar en su propia lápida, del repicar del lloro de las campanas, de la quietud del día… de su quietud en su cama, con dulce muerte fallecida. Y al ver en su mente su propio cuerpo tumbado y ausente y con expresión plácida, un sinfín de ayes surgieron de los labios de Antía, por la soledad sabida de su Xavier y por todo lo que quedó por decir y hacer. Pero en su interior, aquella dulce voz de Sirena la consoló — No sufras Antía, pronto vendremos a buscarlo a él también, en la misma orilla, en tu misma playa. Su alma también pertenece al mar.</p>



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		<title>Eléftheros en el país imaginario: II parte</title>
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		<dc:creator><![CDATA[josefina]]></dc:creator>
		<pubDate>Mon, 01 Nov 2021 18:36:14 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Tres Colores Eléftheros no podía creer la suerte que había tenido al encontrar un lugar como aquel. Allí dónde se posaban sus ojos descubría belleza; &#8230; ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p class="has-text-align-center"></p>



<p class="has-text-align-center"><em>Tres Colores</em></p>



<p>Eléftheros no podía creer la suerte que había tenido al encontrar un lugar como aquel. Allí dónde se posaban sus ojos descubría belleza; en las formas casi redondeadas de las viviendas y en el edificio enorme que frente a él se levantaba y que intuía que se trataba seguramente de la Casa Consistorial. También en el mobiliario urbano, que curiosamente estaba acorde con las formas, tanto de rejas de ventanas y balcones, como de farolas y señales. Todo lo que parecía metálico tenía un aspecto moldeable, formando círculos y espirales u otras formas curvilíneas al azar. Lo que no vio por ninguna parte eran ángulos rectos ni cantos, como si el propósito de aquella arquitectura urbana fuera no hacerse daño y proteger de cualquier golpe al más pequeño de sus habitantes.</p>



<p>Eléftheros, decidió sentarse en uno de esos originales bancos para reposar después de su caminata matutina, lo que sería un segundo premio ya ganado de sobras. Después de sentarse, un leve suspiro salió de su boca al sentir como la parte lumbar de su espalda se relajaba. De su macuto sacó el último dulce que compró en su anterior destino, un rico bizcocho con un toque avainillado, recubierto de almendra y piñones. <em>«qué pena…»</em> pensó, <em>«con lo lejos que estoy ya de dónde lo compré y lo rico que está; bueno, disfrutaré de este último pedazo admirando esta maravilla de villa». </em>Mientras disfrutaba de su dulce iba observando el ajetreo de la gente que pasaba por la plaza. Fue entonces cuando reparó en que todos los habitantes que pasaban por allí parecían figurantes del lugar: todos con los mismos colores y tonos en los ropajes, aunque con tejidos y patrones diferentes; todos con la misma mirada fija a un objetivo sin descifrar por la visión ajena, pero eso sí, todos con una expresión de alegría y paz en sus rostros. <em>«parece que tienen claro hacia dónde se dirigen. Qué suerte sentir que tienes un objetivo fijo en la vida»</em> pensó Eléftheros. Y justamente al oír su propio pensamiento, descubrió por primera vez el sentimiento de infelicidad. Una desdicha recién nacida de reconocerse sin un objetivo en su propia vida, sin algo concreto que desear o alcanzar. Eléftheros no había conocido aún el sentido de la codicia o la pretensión en algo. Solo sabía del deseo; pero un deseo puro en cuanto a sentimientos, conformándose con la simple observación de lo deseado. Algunas veces, claro está, Eléftheros había logrado conseguir aplacar ese deseo, pero siempre de una forma fortuita y pasiva; como por ejemplo las veces que había disfrutado de manjares, a los cuales le invitaban los lugareños del poblado o ciudad sin que él tomara en ningún momento una iniciativa primogénea, o bien, cuando disfrutaba de alguna hermosa mujer. En este último caso siempre eran situaciones espontáneas y en las que él se veía de repente sumergido en un mar de miradas para dar paso seguidamente a las caricias y demás deleites del cuerpo… Pero jamás fue buscando estos encuentros ni mucho menos. También, en los diferentes trabajos que había tenido, había existido esa casualidad natural que a veces la vida nos brinda, pues Eléftheros, no buscaba algo concreto que hacer para poder ganarse el pan de cada día. Simplemente intentaba ayudar en los quehaceres que le iban surgiendo a su paso y claro, normalmente recibía incentivo, ya fuera en forma de dinero o en comida o incluso ropas nuevas. Por decirlo de otro modo, Eléftheros se dejaba llevar por la vida y allí dónde ésta le conducía, eso era lo que él disfrutaba.</p>



<p>Sorprendido con su nuevo sentir, en la misma medida que triste, Eléftheros comenzó a cerrar su macuto. En ese instante alguien junto a él le dijo:</p>



<p>— Estás llamando la atención demasiado amigo, ven conmigo o te invitarán a algo no muy deseable.</p>



<p>Eléftheros levantó la mirada y vio a un anciano con aspecto grácil, pero del cual se intuía una fuerza interior aún vivaz. &nbsp;Su piel, parecía papiro milenario de tan arrugada, seca y amarillenta que era. Pero sus ojos chispeaban como si de un adolescente se tratase. Eléftheros quiso responder, pero el anciano paró sus palabras levantando un dedo al aire como si al hacer ese gesto intentara no solo detener una frase sino el mismísimo tiempo.</p>



<p>— No hay excusas ni tiempo para ellas. Sígueme o no te ayudaré.</p>



<p>Eléftheros siguió al anciano y mientras se alejaba, no paraba de mirar alrededor sin entender qué podía haber hecho mal como para necesitar de una ayuda que no había pedido. Aún así, confió en aquel hombre pues su mirada era amigable.</p>



<p>Salieron de la plaza a paso ligero y siguieron por una calle que nacía justo al lado de la Casa Consistorial. La calle era amplia pero poco a poco se hacía cada vez más estrecha y oscura. Los pocos rayos de sol que la alcanzaban reflejaban en algunas ventanas, deslumbrando por unos segundos a Eléftheros. Y justo en uno de esos segundos, cuando volvió a mirar hacia adelante, el anciano había desaparecido. Eléftheros se detuvo en seco y de repente una fuerza descomunal le alcanzó su brazo derecho, arrastrándolo al interior de una vivienda. &nbsp;</p>



<p>— Bienvenido a Doulos y por supuesto, bienvenido a mi humilde casa. Mi nombre es Poulí.&nbsp; — dijo el anciano mientras Eléftheros se recomponía del tirón. — perdón por haberte hecho entrar en mi hogar de esa forma tan brusca, pero era necesario que te ocultaras inmediatamente, pues a lo lejos vi venir a dos de los ayudantes del gobernador.</p>



<p>Eléftheros se disponía de nuevo a responderle cuando volvió a hablar Poulí.</p>



<p>— Lo primero que hay que hacer para evitar problemas es darte ropa nueva. Ven conmigo, creo que tengo algo que te irá bien. Ciertamente eres un chico musculoso y alto, pero yo con tu edad, aunque ahora no lo aparente, era como tú. — le decía Poulí mientras rebuscaba en un cofre de madera que estaba situado en un rincón de la estancia.</p>



<p>Eléftheros se sentía confuso. Poulí le dio una blusa y un pantalón de lino del mismo tono violáceo, ambas prendas un tanto desgastadas por el paso del tiempo y los lavados, pero de igual modo, el mismo tono que desde que llegó a Doulos no dejaba de ver aquí y allí al igual que los otros dos colores. Así que volvió a intentar preguntar a aquel anciano.</p>



<p>— Señor Poulí…</p>



<p>— Nada de señor jovenzuelo, Poulí a secas por favor. Sé que soy ya un anciano pero te aseguro que mi espíritu conserva la juventud como recién estrenada — contestó Poulí medio riéndose e interrumpiendo de nuevo a Eléftheros. — Pero bueno, sigue sigue… ahora ya estamos más tranquilos y me imagino que tendrás muchas dudas ante la rapidez de lo que ha sucedido.</p>



<p>Entonces Eléftheros se giró un momento para observar la estancia en la que se encontraba y de paso, poner en orden sus ideas y las preguntas que se le agolpaban en su mente. Tomó aire mientras miraba una pequeña lumbre que había encendida en la chimenea y dijo:</p>



<p>— Señ.. Perdón, Poulí… ¿Podría explicarme qué ha sucedido exactamente y porqué se ha visto en la obligación de tener que ayudarme? No me he sentido en peligro en ningún momento. Estaba en la plaza tan tranquilo…</p>



<p>— Si, si… eso parece ¿no es así? — respondió Poulí.</p>



<p>— ¿Eso parece? ¿A qué se refiere? Le aseguro que no acabo de entender nada.</p>



<p>— Verás chico, la situación es más complicada de lo que parece. Pero mejor cámbiate mientras preparo algo de comer. Así, mientras te repones del susto te contaré lo que pasa en este lugar aparentemente apacible y hermoso.</p>
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		<title>Eléftheros en el país imaginario</title>
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		<pubDate>Mon, 11 Oct 2021 17:44:17 +0000</pubDate>
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		<category><![CDATA[cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[historias]]></category>
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<p class="has-text-align-center"><strong>PRIMERA PARTE</strong></p>



<p class="has-text-align-center"><strong><em>Ensueño</em></strong></p>



<p>Había una vez un país imaginario. Un lugar en el que las cadenas de las rutinas, impuestas por intereses propios, eran ruido de un pasado muy lejano y casi olvidado, pero dónde el aburrimiento era remotamente impensable debido a la cantidad de quehaceres diversos y aleatorios, siempre motivados por un bien comunitario. En ese país, todo se difuminaba en color verdeceledón, orchilla y gutagamba, unos colores idóneos para respetar el descanso visual de la comunidad y que, en la hora crepuscular, daba a todo el paisaje la sensación de vivir en un todo único y universal. El uso de esos colores era solo una de las “no normas” que regían en ese lugar. Porque allí, no había prohibiciones sino algo muchísimo mejor, había “no normas” para que la gente se sintiese realmente libre:</p>



<p><em>“dícese de una norma que lejos de ser impuesta es aconsejable seguir para la serenidad vecinal, pero por la cual no hay que regirse si uno no lo desea”.</em></p>



<p>Esta definición es justamente la que rezaba en la página del prólogo de El Gran Libro del país imaginario, antes de relatar las 103 no normas para llevar una vida tranquila y pacífica entre los ciudadanos de esta región.</p>



<p>Los ciudadanos respetaban las no normas de El Gran Libro sin cuestionarlas, pues confiaban en el buen juicio de sus ancestros. Solo había que ver, gracias a ellas, la infinidad de beneficios que tenía seguirlas. Por ejemplo, nadie brillaba por encima de otros evitando disputas por envidias, o gracias a éstas, se trabajaba en diferentes tareas sin caer en la monotonía del aburrimiento y el cansancio que produce una única labor, aunque lo ideal fuera que no se tuviesen que realizar durante largas horas, tal y como ocurría. Aún así, los lugareños comenzaban cada mañana muy temprano su tarea encomendada y bien organizada, que conocían gracias a grandes tablones puestos en la Casa Mayor, que así era cómo se llamaba el lugar dónde residían los custodios del Gran Libro, en el que aparecía el trabajo a realizar por cada uno de los habitantes, hora y lugar encomendado.</p>



<p>Pero justo en la última página de este venerado, ancestral y porqué no decirlo, curioso libro, también se podía leer:</p>



<p><em>“Si algún benevolente ciudadano no desea regirse por alguna de estas no normas, será sacrificado según sea la no norma no respetada o expulsado en su caso, del país imaginario por el bien comunitario”.</em></p>



<p>Y así pasaban los días, meses y años en el país imaginario, sin que nadie desafiara las no normas por miedo al sacrificio o la expulsión, o bien por la costumbre de no querer romper tradiciones.</p>



<p>Una madrugada llegó un caminante por esos lugares. Se llamaba Eléftheros. Como no podía ser de otro modo y marcado por su nombre, se despidió de sus padres recién llegada su edad adulta y emprendió un viaje que le llevaba veintidós años ya. No se cansaba de visitar lugares y conocer a sus gentes, sus hábitos, mitos y verdades para, en el día menos planeado, emprender de nuevo su camino hacía otro rumbo. Durante sus viajes había realizado labores de todo tipo: cocinar para campesinos e incluso para algún rey, labrar campos en compañía de agricultores arrugados y secos por una tierra quemada por el sol, lavar ropa junto a mujeres hermosas… esto último, todo hay que decirlo, le permitió pasar buenos momentos con alguna de aquellas damas, entre sábanas mojadas tendidas al viento y jabones húmedos y pegajosos descansando después del cántico del frotar y frotar. En definitiva, Eléftheros tenía la vida que deseaba y cuando ésta se le empezaba a antojar algo aburrida y monótona, la llamada del camino le susurraba por las noches, haciéndole preparar de nuevo su macuto con sus pocas pertenencias y emprender un nuevo destino.</p>



<p>A medida que se iba acercando al país imaginario, Eléftheros empezó a sentirse feliz de poder recorrer esa región. Era como caminar por un sueño. Quedó maravillado por una atmósfera de paz y armonía, rodeado de una naturaleza exuberante. Diminutos insectos revoloteaban a su alrededor, comenzando un día que se preveía cálido, recolectando néctar de la infinidad de flores que crecían por todas partes. En la lejanía ya se divisaba el país imaginario, pero lejos de ver una ciudad plomiza y vulgar, Eléftheros pudo contemplar lo que jamás imaginó que encontraría: un lugar dónde poder detener al fin sus pasos y asentarse definitivamente. En ningún momento se le había pasado antes por la cabeza dejar sus andares por el mundo, todo lo contrario. Su estilo de vida era para él el símbolo de su existir. Pero sin saber cómo y a medida que se iba acercando a esa ciudad misteriosa de tres colores, la idea de asentarse se iba fijando más y más en su mente.</p>



<p>Entró por uno de los pórticos del país imaginario y se detuvo un instante primero para volver la vista atrás y dejarse embelesar por el precioso camino silvestre que acababa de abandonar. Después, sin ninguna prisa, comenzó a observar el alto relieve de las enormes columnas. No se trataban de columnas de esplendoroso mármol, como las que había podido apreciar en otros lugares. Estas, por el contrario, eran bastas y robustas; de una piedra grisácea en la que se notaban el pasar de los años, tormentas e incluso, porqué no, alguna que otra batalla. Aunque esta idea le pareciese repentinamente imposible en un ambiente en el que Eléftheros sentía dentro de él, que era pacífico y hospedador. En el dintel del pórtico descubrió una inscripción que rezaba:</p>



<p><em>“Todo aquel que cruce este pórtico alcanzará la libertad de la mano de las no normas”</em></p>



<p>Eléftheros repitió en voz baja varias veces la frase tallada en la piedra sin llegar a entender su significado. Así que se giró para continuar por una calle adoquinada con unas piedras que jamás había visto, pues éstas desprendían unos leves destellos verdes con el brillo de un sol que se anunciaba ya, ciertamente una forma de pavimentar un suelo de ciudad muy original.</p>



<p>La calle era algo estrecha y se metía en un entresijo de viviendas bajas, todas del mismo color, un amarillo anaranjado, el cual le recordaba al amanecer que acababa de presenciar. Empezaban a oírse las primeras voces de la mañana: unos buenos días por aquí y otros por allí, gente apresurada para llegar a tiempo a sus trabajos, o al menos era eso lo que presuponía Eléftheros. Y niños que correteaban alrededor de sus madres con mochilas a la espalda, preparados para la escuela.</p>



<p>De repente, esa callejuela estrecha pero ya llena de la vida matinal, le condujo a una gran plaza. «¡Qué maravilla!» pensó Eléftheros. Jamás en otro pueblo o ciudad pudo ver semejante belleza. Los adoquines verdes pasaron a ser de un color para el cual él no tenía nombre. Les recordaba a los atardeceres de su infancia que disfrutaba con sus padres, cuando el cielo se teñía de violetas, naranjas y rosados. Un suelo que resplandecía según le daban los rayos de sol y que junto con el color de todas las casas le daba al lugar un aspecto mágico y de ensoñación.</p>



<p>Todo el lugar parecía de ensueño…</p>
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		<title>Días de Sol y Días de Lluvia</title>
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		<dc:creator><![CDATA[josefina]]></dc:creator>
		<pubDate>Tue, 09 Feb 2021 11:41:36 +0000</pubDate>
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<div class="wp-block-image"><figure class="aligncenter size-large"><img decoding="async" width="768" height="1024" src="https://www.josefinailustracion.com/wp-content/uploads/2021/02/IMG_6368-768x1024.jpg" alt="" class="wp-image-6698" srcset="https://www.josefinailustracion.com/wp-content/uploads/2021/02/IMG_6368-768x1024.jpg 768w, https://www.josefinailustracion.com/wp-content/uploads/2021/02/IMG_6368-225x300.jpg 225w, https://www.josefinailustracion.com/wp-content/uploads/2021/02/IMG_6368-600x800.jpg 600w, https://www.josefinailustracion.com/wp-content/uploads/2021/02/IMG_6368.jpg 900w" sizes="(max-width: 768px) 100vw, 768px" /></figure></div>



<p>Hay días de sol; un sol tan resplandeciente que te ciega y lo único que puedes hacer es cerrar los ojos y sentir como su calor calienta cada poro de tu piel. Esos días hay que guardarlos en la memoria, regocijarse en ellos cuando la tempestad empieza a asomar en la lejanía.</p>



<p>Hay días de lluvia; una lluvia que puede enfriar todo el calor guardado, llevándonos al olvido de tiempos de luz para sumergirnos en el gris de su humedad.</p>



<p>Pero la lluvia limpia; arrastra la neblina de los días para dejar cielos de azul, un azul de mar. Bendita lluvia; benditas tormentas fortuitas que nos hacen desbordar para renacer más vivos, más brillantes. Y bendito mar en mis días, el que me da esa fuerza invisible, la que me empuja a reencontrarme conmigo misma y mi parte olvidada, con mis palabras de tinta, con mi tinta dibujada en garabatos de un sentir&#8230; porque por sentir, que no quede.</p>



<p></p>
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		<title>Guardianes Invisibles</title>
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		<pubDate>Sat, 26 Dec 2020 09:21:41 +0000</pubDate>
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<p>Todos somos guardianes en algún momento de nuestras vidas, o en todos, quién sabe. Yo me convertí en guardiana en el 2010, con el nacimiento de mi primer hijo. Pasaba gran parte de la noche vigilando su respiración, sus movimientos, meciéndolo para que se le aliviaran sus cólicos&#8230; y desde entonces fuí ascendiendo hasta convertirme en guardiana profesional.</p>



<p>Pero ser guardián no es nada nuevo para quién sea padre o madre ¿verdad? Ya que es inherente a un impulso natural, a los sentimientos que te nacen en lo más profundo de las entrañas cuando por primera vez te sumerges en los ojos de un hijo. Pero a veces, lo inesperado llama de nuevo a tu puerta, reviviendo a la guardiana. Y ha revivido en estos últimos meses, rodeados de tanta amargura, tantas noticias fatídicas y jamás pensadas, tanta historia únicamente posible en los celuloides americanos&#8230; pero si, esta vez nos ha tocado vivirlo y tal vez no hayamos estado del todo a la altura.</p>



<p>Aún así, siguiendo el hilo de mi historia, me he convertido en guardiana inesperada&#8230;</p>



<p>Comencé a verla una de esas tardes de aplausos, sin prestar atención aunque fijándome por primera vez quién vivía a mi alrededor. Me di cuenta entonces que a veces vivimos en una burbuja creada para nosotros mismos, no por falta de interés, sino más bien absorvidos por una cotidianidad demasiado aislada.</p>



<p>La vi sonriente, con su pelo de nieve, aplaudiendo a todos esos héroes que siempre han existido, pero que por la ceguera colectiva en la que vivimos, únicamente los vemos cuando tenemos la vida en el filo de la navaja.</p>



<p>Y no sé en que momento ni qué día me dí cuenta de que ella siempre salía sola a su ventana. Eso sí, siempre la veía sonriendo y festejando las ocho de la tarde, su hora social. Fue entonces cuando mi instinto de guardiana invisible se puso en alerta. Tenía la necesidad cada día de asomarme para ver su ventana, ver si su persiana se levantaba e incluso ver su bonita cara iluminada por el nuevo día que acababa de comenzar. Me quedaba tranquila, parecía que vivía bien en su soledad.</p>



<p>Muchas veces me preguntaba&#8230; ¿Tendrá a alguien en su vida que se preocupe por ella? La verdad es que nunca vi a nadie más acompañándola, ni tan siquiera en el final del confinamiento. Me hacía recordar los días en que llegaba de la escuela y miraba hacia arriba para ver a mi abuela o a mi abuelo en la ventana, los cuales vivían en el edificio de enfrente mío. Me encantaba saber que ellos velaban por mi, que les gustaba ver cómo regresaba del colegio. Ella me recuerda la falta que hacen nuestros abuelos, lo mucho que los echo de menos y lo poco que muchas veces los valoramos en vida. No sé su nombre, pero ahora sé que ya forma parte de mi vida cotidiana, de mi pequeño universo. Ella también sabe que existo aunque tal vez ni se imagina que he estado cuidando de ella, en la distancia, en la ignorancia&#8230; Hace unos días, salí a mi ventana, observaba cuán bonitas tenía sus plantas en el alféizar y de repente ella se asomó. Me miró y con su siempre radiante sonrisa me saludó con su mano. Ese sencillo gesto me emocionó. Tal vez yo, su guardiana invisible, se convierta algún día en su guardiana amiga&#8230; tal vez.</p>



<figure class="wp-block-image size-large is-style-default"><img loading="lazy" decoding="async" width="1024" height="866" src="https://www.josefinailustracion.com/wp-content/uploads/2020/12/guardianes-invisibles-1024x866.jpg" alt="" class="wp-image-5607" srcset="https://www.josefinailustracion.com/wp-content/uploads/2020/12/guardianes-invisibles-1024x866.jpg 1024w, https://www.josefinailustracion.com/wp-content/uploads/2020/12/guardianes-invisibles-300x254.jpg 300w, https://www.josefinailustracion.com/wp-content/uploads/2020/12/guardianes-invisibles-768x649.jpg 768w, https://www.josefinailustracion.com/wp-content/uploads/2020/12/guardianes-invisibles-1536x1299.jpg 1536w, https://www.josefinailustracion.com/wp-content/uploads/2020/12/guardianes-invisibles-2048x1732.jpg 2048w, https://www.josefinailustracion.com/wp-content/uploads/2020/12/guardianes-invisibles-600x507.jpg 600w" sizes="auto, (max-width: 1024px) 100vw, 1024px" /></figure>
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		<title>Con Sabor a Esperanza</title>
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		<pubDate>Mon, 21 Dec 2020 12:01:18 +0000</pubDate>
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					<description><![CDATA[Aquella mañana me había despertado con una sensación de inquietud; sentía nerviosismo, como si algo importante fuera a ocurrir. Pero por mucho que indagaba en &#8230; ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p>Aquella mañana me había despertado con una sensación de inquietud; sentía nerviosismo, como si algo importante fuera a ocurrir. Pero por mucho que indagaba en mi mente, no podía recordar ningún plan que tal vez, en la confusión que últimamente me rodeaba, hubiera olvidado y que, mi a veces generosa intuición, mandara señales desde algún lugar (si existiera ese lugar&#8230; vete a saber).</p>



<p>Me metí en la ducha. Me hubiera quedado bajo el agua caliente toda una eternidad. Ojalá nuestras vidas pudieran siempre proporcionarnos ese momento cálido y de abandono. ¿Tal vez ese momento es cuando nos sentimos más cerca de nosotros mismos, en el que nuestro instinto recuerda la lejana y olvidada estancia natural en el vientre materno? Nunca lo sabré. Tampoco sabía porqué a pesar de esa ducha reconfortante me seguía sintiendo inquieta.</p>



<p>Me vestí, no con ganas, la verdad sea dicha y salí a la calle. Y en ese preciso instante me di cuenta porqué me había levantado con inquietud. Toda mi realidad había cambiado, no a peor, no me confundas; podría decirse que el cambio era a mucho mejor, aunque aún no lo sabía. Pero a veces esos cambios precisan de horas, días, semanas o incluso años para poder encajarlos en nuestro ser. Es entonces cuando decidí tomarme mi tiempo.</p>



<p>Empecé a caminar por las calles de ese pueblo que ahora se me antojaba tan diferente. Tal vez los pasos con libertad, sin explicaciones, sin tener que decir a nadie dónde te llevan, te hacen sentir así, inquieta. Aunque también me sentía más viva que nunca.&nbsp; Viva y sola. Sola, viva y libre. Ahora solo tenía que cuidar de mi pequeño y de mi.</p>



<p>Respiré hondo a la vez que el sol bañaba mi cara. Volví a sentirme reconfortante, igual que en la ducha, y pensé que tenía que encontrar mi lugar. Pero algo me decía que mi lugar no era aquel. Necesitaba saber quién era yo en ese preciso momento y empecé a preguntarme qué era lo que más me gustaba. Esa pregunta ya me la habían hecho unas noches antes mis amigos ¿qué quieres hacer? ¿Qué te gusta? A veces es una pregunta muy difícil de contestar cuando sientes que toda la responsabilidad de la respuesta que des, recae sólo en ti. Tú contestas y tú decides lo que vas a hacer, lo que vas a ser. Sin contar con nadie más, sin preguntar a nadie el típico &nbsp;– ¿a ti que te parece?– o –¿Hago bien haciendo esto o lo otro?–.</p>



<p>Estaba tan acostumbrada a estar acompañada que ahora la libertad me parecía algo irreal.</p>



<p>Después de pasar un rato bajo el cálido sol decidí volver a mi nuevo piso. Era pequeño, recogidito, como se suele decir, pero a mi me encantaba. Por primera vez después de mucho, me sentí segura, pues allí no vivía nadie que pudiera herirme, que pudiera envolver mi vida en una falsa burbuja de felicidad y vida perfecta. No había nadie que me vendiera sueños cuando en realidad eran pesadillas de mentiras y falsedades. &nbsp;En mi pisito, ahora, todo era claridad, verdad, esperanza por un futuro aún incierto, pero real. Y a pesar de todo, comencé a llorar, pues la soledad empezó a invadirme por dentro. Empezó con un pequeño agujero que se formaba justo en el centro de mi pecho. Lo podía visualizar en mi mente. Se iba transformando en un hueco creciente; podía verlo, podía incluso sentirlo. Cuánto más lloraba, más y más se agrandaba. Pensé, por un momento que podría engullirme a mi misma. Un “yo” absorbido por otro “yo” vacío, negro. Me miré al espejo y no me conocía. ¿Qué había pasado conmigo? ¿Dónde estaba mi inocencia? ¿Dónde estaba mi alegría de vivir? ¿Y mi risa?. La imagen que reflejaba el espejo era patética&#8230; pero en ese hueco inmenso, en esa oscuridad cósmica, de repente pude ver una luz brillar. Era muy pequeña, igual que una estrella que parpadea a años luz de nosotros, apenas perceptible. Y comprendí en ese preciso momento que tenía que aferrarme a ella, a su luz. De una forma inconsciente sabía que esa estrella era él, mi pequeño. Y me dije mirándome al espejo – Ya no hay nada más que esta oscuridad ¿que te parece si ahora intentas llegar a ese punto luminoso?– Así que de una forma casi automática me dirigí hacia la cocina, me preparé una taza de café con leche y bebí sin prisa, notando como el calor bajaba por mi garganta y agradeciendo que a pesar de todo el esfuerzo y de todos el llanto derramado, lo tenía a él, mi gran tesoro, mi pequeña estrella brillante.</p>



<p>Días después todo cambió. No fue fácil pero pude llegar a mi estrella; me aferré tanto a ella que su parpadeo se convirtió en el mío, haciéndome tantas cosquillas en mi alma que la risa volvió de forma automática. Ahora ya sabía lo que era estar en un espacio negro y vacío, sola con mi soledad, así que ¿a qué podía temer ya? Y todos los manjares del mundo volvieron a mí, con sabor a esperanza.</p>


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<figure class="aligncenter size-large"><img loading="lazy" decoding="async" width="742" height="1024" src="https://www.josefinailustracion.com/wp-content/uploads/2020/12/Con_Sabor_A_Esperanza-742x1024.jpg" alt="" class="wp-image-5602" srcset="https://www.josefinailustracion.com/wp-content/uploads/2020/12/Con_Sabor_A_Esperanza-742x1024.jpg 742w, https://www.josefinailustracion.com/wp-content/uploads/2020/12/Con_Sabor_A_Esperanza-217x300.jpg 217w, https://www.josefinailustracion.com/wp-content/uploads/2020/12/Con_Sabor_A_Esperanza-768x1061.jpg 768w, https://www.josefinailustracion.com/wp-content/uploads/2020/12/Con_Sabor_A_Esperanza-1112x1536.jpg 1112w, https://www.josefinailustracion.com/wp-content/uploads/2020/12/Con_Sabor_A_Esperanza-1483x2048.jpg 1483w, https://www.josefinailustracion.com/wp-content/uploads/2020/12/Con_Sabor_A_Esperanza-600x829.jpg 600w, https://www.josefinailustracion.com/wp-content/uploads/2020/12/Con_Sabor_A_Esperanza-scaled.jpg 1854w" sizes="auto, (max-width: 742px) 100vw, 742px" /></figure></div>]]></content:encoded>
					
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		<title>Otras Vidas por Andar</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Dec 2020 18:44:34 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Opinión]]></category>
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		<category><![CDATA[redacción]]></category>
		<category><![CDATA[relato josefina montero]]></category>
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					<description><![CDATA[Que gran variedad de formas de vivir la vida hay en el mundo. La visión que te da salir de tu hábitat natural te hace &#8230; ]]></description>
										<content:encoded><![CDATA[
<p>Que gran variedad de formas de vivir la vida hay en el mundo. La visión que te da salir de tu hábitat natural te hace abrir la mente y mirar por una rendija las posibilidades infinitas que hay para cada uno de nosotros. Ese gran poema de Antonio Machado “&#8230; se hace camino al andar&#8230;” es una realidad como un templo (cómo solían decir nuestras abuelas) y vamos tejiendo nuestro camino poco a poco, aunque a algunos les parezca que lo tengan todo controlado y súper planeado. Pero no, eso es solo un espejismo de nuestra necesidad de seguridad. La vida te puede llevar a veces por caminos que jamás hubieras imaginado, te puede llevar a lugares insospechados&#8230; y de eso sé un rato, créanme.</p>



<p>Estos últimos días he visto estilos de vida muy diferentes para los que vivimos en las ciudades. Vidas que viven cada minuto con paz y enraizados a sus costumbres y su tierra. ¡Y qué tierra tan bonita!</p>



<p>Pero también es importante, cómo no, el golpe de suerte que te pueda dar la vida&#8230; porque no es lo mismo haber nacido en un país que en otro ¿no creen? Eso ya de por sí, te puede marcar y mucho. Nosotros, los que hemos tenido la suerte de nacer en un país como el nuestro, lleno de buenas costumbres culinarias, cultura variada y plural, lenguas preciosas que no debemos ni perder ni odiar, deberíamos dejar las diferencias políticas a un lado y unir nuestras fuerzas a cuidar de nuestra tierra y nuestras costumbres. Unos junto a otros, respetando todas las formas de hacer cada uno &#8230; pues eso, su camino. Porque todos, todos nosotros, tenemos días grises y días soleados y que bonito es encontrar en otra parte del país una persona qué al hablar con ella, a pesar de llevar una vida tan diferente a la tuya, te mira a los ojos y te entiende.</p>



<p>Que gran variedad de formas de vivir la vida hay en el mundo&#8230; ¡Y que bonita es nuestra tierra!</p>
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		<title>Tardes de Otoño</title>
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		<pubDate>Thu, 26 Nov 2020 09:35:18 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Relato]]></category>
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					<description><![CDATA[Escrito por Josefinailu Recuerdo las tardes de otoño de antaño; humeantes calles repletas de gente de lana, guantes y paño. Los andares acelerados para llegar &#8230; ]]></description>
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<p><strong>Escrito por Josefinailu</strong></p>



<hr class="wp-block-separator"/>



<p class="has-text-align-left">Recuerdo las tardes de otoño de antaño; humeantes calles repletas de gente de lana, guantes y paño.</p>



<p>Los andares acelerados para llegar a su destino lo más rápido posible, para después cobijarse del frío en su cálida morada. En las esquinas, no todas, no faltaban los puestos de castañas asadas. Con ese olor delicioso que tanto me gustaba.</p>



<p>Cerraba los ojos y absorbía ese aroma cálido. Después, me volvía a subir la bufanda por encima de mi nariz con la esperanza de que ese olor permaneciera allí durante un rato más.</p>



<p>Recuerdo el ajetreo de una pequeña ciudad, aún así ciudad y en consecuencia gris y algo caótica. Bien conocida y mil veces andada en todas direcciones y con múltiples compañías.</p>



<p>Y es que siempre me gustó el otoño por ese ambiente frío pero soportable. Pero ahora, con el pasar de los años, se ha convertido más bien en un tiempo para los recuerdos. Un tiempo de añoranzas, en el que vuelvo a revivir escenas divertidas con mis amigos de la infancia, pero también pérdidas dolorosas, aún demasiado… y presiento que así será por siempre.</p>



<p>Recuerdo paseos entre el verdor de los bosques de mis amados paisajes, tales como el Montseny, dónde iba a recoger grandes y jugosas castañas con mis padres. Perdiéndome en ocasiones por mundos imaginarios en los que me encontraba con hadas del bosque y otros seres que en mis fantasías del hoy, aún viven. ¡Deseé tantas veces que fueran reales! por aquello de vivir algo realmente increíble.</p>



<p>Junto a mis padres viví momentos deliciosos, rodeada casi siempre de naturaleza allí dónde íbamos, envuelta de otoños de anoraks y botas, buscando setas en rincones recónditos de parajes del Berguedà, de los que ahora solo ellos sabrán el nombre pues <em>“el lugar en el que encontramos las setas es un secreto que no se comparte”.</em></p>



<p>Y vuelvo a andar en mis recuerdos campo a través con ellos, conmigo y con mis sueños de niña. Mirando más hacia las copas de los árboles y sus troncos, pues es conocido que las casitas de hadas se encuentran ahí precisamente, que debajo de los pinares. Aún así, alguna seta encontraba también.</p>



<p>Recuerdos de otoño que en el otoño primaveral de hoy rememoro con mis hijos, no solo por compartir con ellos, sino también para alimentar mi alma y llenar algunas tardes soleadas grises, con el cálido olor a castaña.</p>



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