Polvo de Espejo : II parte

febrero 22, 2024 2 Por josefina

Por Josefinailu

Retiró con sus manos la maleza que había crecido. Esto le hizo pensar en Bruno, el jardinero que meses atrás dejó de cuidarle el jardín. Un hombre callado, tranquilo y de rostro tostado por las tantas horas de jornada bajo el sol, junto a sus plantas y flores. Bruno había sufrido un infarto mientras dormía. Ismael, cuando se enteró de la noticia, no pudo evitar pensar en que, al menos, tuvo una muerte dulce y tranquila, acorde a la vida que había llevado el bueno de Bruno.

Después de algunos arañazos en sus manos y de que retirara todas las malas hierbas que pudieran estorbarle la visión, se quedó estupefacto con lo que encontró. ¿Qué hacía un espejo en su jardín?

El reflejo de su cara en él no era normal. Se veía algo distorsionado y opaco. A saber, cuánto tiempo llevaba aquel objeto enterrado. Lógicamente se habría deformado y por supuesto, su lustro no era el mismo. Cuánto más lo observaba, más atraído se sentía por su propio reflejo. Acercó su mano a su cara, despacio. Justo en el momento de tocar su mejilla deslucida, su reflejo se fue disolviendo frente él. Una brisa soplaba dentro del espejo, llevándose las partículas de su rostro y parte de su cuerpo, convirtiéndolos en la nada. Ismael, miraba a su alrededor para comprobar que, lo que pasaba fuera no tenía nada que ver con lo reflejado. Y, en ese mismo instante, algo le llamó la atención en las vidrieras de su despacho. Una sombra.

Dejó el espejo dónde lo había encontrado, tirado ahora sobre todos los hierbajos retirados hacía tan solo unos minutos.

Se dirigió hacia su casa, tenía que comprobar qué era esa sombra extraña que se translucía a través de la vidriera colorista. ¿Había entrado alguien en su despacho mientras él estaba en el jardín? Notó como el pulso se le aceleraba y una sensación de angustia y confusión se iba apoderando de él, transformando todos sus gestos, antes relajados y lentos en movimientos rígidos y convulsos a medida que avanzaba todo lo rápido que le permitía su edad.

Cuando llegó justo a la altura de la vidriera, se subió en un muro que había servido durante años de asiento para algunas tardes de lectura y conversaciones amenas y algo transcendentales con Bruno. Intentaba no pensar en ellas, pero las echaba de menos.

Acercó sus manos y cara a los cristales de colores para poder ver en el interior.

Él, allí dormido, en el cómodo asiento que tantas horas había pasado estudiando planos, calculando alturas y anchuras, escribiendo cartas a gente importante, incluso… mirando la fotografía de Miriam, la mujer que durante tantísimos años había amado en secreto. ¿Dónde estaría ahora ella? Pero, ¿Dormido?

Ismael, en un impulso irracional dejó de mirar dentro y volvió al espejo. A pesar de tenerlo frente a él, sujetándolo fuerte y sintiendo el frío y la humedad del marco en sus manos, no podía ver nada más que el reflejo de un jardín vacío. A lo lejos, algo. Alargó su mano y ésta se coló en ese paisaje reflejado. Decidió meter entonces una pierna y después otra. Estaba dentro. Comenzó a caminar hacia aquello que veía a lo lejos. Alguien, una silueta que se iba acercando lentamente, muy despacio. Pero que, mientras más cerca la tenía, más borrosa la veía, lo contrario a lo que sería normal.

¡Bruno! Y en un momento, la felicidad que no sentía desde hacía muchos años, volvió a él plena, viva, luminosa.