Polvo de Espejo

febrero 2, 2024 4 Por josefina

Por Josefinailu

Se acercaban las ocho de la tarde. Ismael se levantó de la silla para dirigirse a la vidriera situada justo detrás de su escritorio. Los colores anaranjados de un sol que anunciaba su retirada se escurrían a través de los dibujos art decó de aquella preciosidad que adquirió en Portugal, muchísimos años atrás, cuando la juventud y el ánimo aún hervía por sus venas. Cada vez que miraba a través de los brillantes colores de vidrio, se acordaba de la entrada a aquel taller mugriento, en un callejón dónde lo último que pensaba, era encontrar al mejor artesano de vidrieras emplomadas que jamás hubiera imaginado. Para ser sincero consigo mismo, en aquel entonces no tenía tanta experiencia en su recién estrenada profesión para poder alardear de conocer a todos los artesanos importantes de Europa. Pero a partir de entonces, cada vez que diseñaba un edificio, intentaba encajar una de esas vidrieras justo en el lugar por el que llega el ocaso. Y así, el casi desconocido artesano portugués, pasó a ser uno de los más importantes artesanos en su oficio. Y de la misma manera, se reconocían las obras arquitectónicas de Ismael por el sello inconfundible de las vidrieras, transformándolas casi en una firma propia.

Él era así; ya desde su época de estudiante de arquitectura, tenía el don de brillar allí dónde iba. No solo por su gran visión conjugando formas, estructuras y planos con su entorno sino también por su atractivo. Y de esta manera, todo lo que recomendaba, a todo aquel que se acercara o a quién quisiera regalar su tiempo y atención, súbitamente subía su popularidad de una u otra manera. Así que, Don Caetano Oliveira tuvo que dejar su pequeño taller oscuro y húmedo, para trabajar su arte en lugar luminoso y amplio, en el que no faltaban expositores para mostrar su artesanía colorista de luz, además de todo tipo de herramientas y mesas de trabajo.

Ismael había triunfado en la vida. Intentaba repasar cada etapa de sus setenta y dos años y no podía encontrar absolutamente nada por lo que pudiera avergonzarse o ni tan siquiera angustiarse. No tenía ni un solo recuerdo amargo, exceptuando eso sí, la muerte de sus padres, los cuales fueron con él cariñosos y amables incluso cuando se le antojaba hacer alguna travesurilla propia de la edad. Y a pesar de no encontrar nada por lo que lamentarse, tampoco encontraba lo que se suponía que debía sentir. La felicidad.

Ismael se acercó al perchero junto a la puerta. Cogió su chaqueta de lana marrón moca, las tardes empezaban a refrescar a aquellas alturas de octubre, y salió por la puerta, cerrándola con llave, una costumbre que tenía desde siempre pues en su despacho guardaba documentos y planos muy importantes.

Caminó hasta el jardín tranquilamente. Nadie le esperaba para cenar, ni para mantener una conversación amena sobre las construcciones vanguardistas del siglo XXI. Tampoco le esperaban en el café dónde muchos años atrás solía verse con sus colegas para discutir sobre materiales o plantas y alzados de sus respectivos diseños.

Caminó tranquilo. Y cuando se giró, para volver por los pasos que había dado, vio en un recoveco del jardín, justo en el lugar en el que siempre se formaba un pequeño charco los días de más lluvia, un brillo fuera de lo normal.

                                                                       Continuará…