LAS SIRENAS DE ANTÍA 

Por Josefinailu

— ¡Buenos días Manuela! — Saludó Antía a la que era su vecina desde hacía más de cuarenta años ya, mientras se sentaba en su duna predilecta para contemplar el mar de plata que se dibujaba esa mañana.

Pero Manuela, sin dar muestra de haber oído el saludo, seguía caminando por la playa. Parecía que estaba recogiendo pequeñas conchas y piedras, pues cada cuatro o cinco pasos, se detenía y se agachaba para después retomar su rumbo. Incluso, se le antojó que la expresión de su rostro parecía taciturna.

— Me acercaré después a verla, no vaya a ser que su Paulo haya perdido la brújula con los asuntillos de la lonja. — Pensó en voz alta Antía, cosa que solía hacer a menudo cuando estaba sola en su duna. Oír su propia voz le ayudaba a afianzar mejor las ideas.

Antía tenía un singular aprecio hacia Manuela, a pesar de que ésta no era una mujer demasiado cariñosa ni habladora. Pero eso sí, de alguna forma u otra, Manuela le demostraba con pequeños gestos cotidianos un amor fraternal nacido tal vez, por la infinidad de noches en vela a causa de las tormentas, juntas, esperando a que Paulo y su Xavier volvieran a puerto. Las dos eran mujeres de pescadores y la mar ya se sabe… 

Volvió a mirar al horizonte. Hoy sería un día tranquilo para los que faenaban. Hacía mucho tiempo que Antía no veía un mar tan calmo, como si de un espejo se tratara. Pero la sutil brisa parecía diferente, extraña. Semejante a un velo envolviendo su figura. Hasta podía intuir una frágil atmósfera, dando un aspecto albayaldado al paisaje.

Antía conocía esa playa como la palma de su mano. Cada recodo, cada matorral crecido en las dunas y el sinuoso perfil del puerto en la lejanía, eran para ella un mapa dibujado en su mente en forma de tatuaje. Su playa. A pesar de ser mujer nacida en el interior de una tierra verde, ella sentía algo especial en ese lugar. Desde el primer día que pisó la arena de su pequeña playa se sintió en casa. 

De repente, el repique en lloro de las campanas de la Iglesia, sonaban a lo lejos, dándole al lugar un ambiente melancólico.

— Vaya por Dios, con lo tranquilo que se veía venir el día. — Volvió a pensar en voz alta Antía.  

Se disponía a levantarse para dar por concluido su ratito de paz, cuando al alzar la cabeza, mientras se sacudía de su falda los restos de arena y ramillas pegadas a ella, pudo ver varias siluetas dentro del agua que le hacían gestos con la mano. No distinguía bien sus caras, otra vez tendría que ir a que le revisaran la vista pues últimamente le costaba enfocar en las distancias. Lo dejaría para mañana, hoy no le apetecía enfrascarse en asuntos médicos, después de haber estado liada con ellos durante meses por aquellos terribles dolores de cabeza que le empezaron de repente y sin ningún motivo aparente. 

Decidió acercarse para cerciorarse de que era a ella a quién le hacían los gestos y para su sorpresa pudo comprobar que sí, la llamaban a ella. 

«¿De dónde han salido esos bañistas? Antes no me pareció ver a nadie en el agua.» Pensó, esta vez para sus adentros mientras se iba acercando a la orilla.

Sus pies descalzos se mojaban con el romper de las olas, produciéndole un cosquilleo relajante en ellos. Pero Antía esta vez no prestaba atención a sus pies, ni a su falda empapada hasta la mitad ya. Avanzaba de una forma autómata y confiada hacia aquellas dos personas que ahora no se lo parecían tanto. 

Los rostros eran bellos, aunque no sabía decir si eran de mujer o de hombre. Sus ojos eran almendrados y de un color verde absenta; sus torsos brillaban, pero no por el reflejo de la humedad de la piel. Era más bien un brillo que surgía de adentro, como si de puro nácar se tratase. Antía bajó la mirada y pudo ver al fin quienes eran. 

«¿Es posible? — Volvió a pensar sin decir nada.»

Pero para su sorpresa, en su mente pudo oír una dulce voz que le decía que sí, eran Sirenas. 

No hubo palabras, solo pensamientos envueltos en luces y colores perlados que se colaban en su mente sin que ella pudiera saber cómo. Realmente una sinfonía de ideas. Todo el conocimiento transmitido a través de bellísimas formas brillantes. 

Antía supo así del porqué de la tristeza de Manuela, de las conchas y piedras recogidas para depositar recuerdos en forma de mar en su propia lápida, del repicar del lloro de las campanas, de la quietud del día… de su quietud en su cama, con dulce muerte fallecida. Y al ver en su mente su propio cuerpo tumbado y ausente y con expresión plácida, un sinfín de ayes surgieron de los labios de Antía, por la soledad sabida de su Xavier y por todo lo que quedó por decir y hacer. Pero en su interior, aquella dulce voz de Sirena la consoló — No sufras Antía, pronto vendremos a buscarlo a él también, en la misma orilla, en tu misma playa. Su alma también pertenece al mar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.